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Estado del tiempo I: solsticio de invierno

La niebla densa humedece las cosas sobre la ciudad, reposa sobre los techos. La noche más larga del año estira sus brazos sobre un día sin sol. Hoy es invierno ya, aunque no tan frío como dicen que será, aún se puede salir unos minutos al balcón del piso veintiocho sin zapatos, a escuchar la ciudad desde arriba, y luego correr adentro, a la esquina del calentador en el cuarto a recuperar las sensaciones en los dedos helados. El invierno del norte, tan lejos de los trópicos, casi a la orilla del abismo blanco del polo. Así el cielo hoy, empantanado de nubes, un inmenso blanco que lastima los ojos, con un sol atrás que no se asoma, pero ilumina todo. Los autos van con las luces prendidas a las diez de la mañana, reflejan su prisa sobre la calle mojada, amanece de noche esta ciudad que dicen que no duerme, aunque a mí me parezca siempre medio adormilada, medio onírica, moviéndose de esa forma extraña en que las cosas levitan en los sueños, avanzan sin tocar el suelo. La gente en los c...

Memorial

Debía escucharse sólo el silencio, cuando pasaban ellos, con los pies sin tocar el suelo. Un ritmo quieto, su transcurrir por los sueños. En esas horas lentas en que los niños juegan a solas y los padres hacen la siesta. Andaban por sus ciudades como en otras épocas. Los hombres de las guerras, con sus heridas siempre abiertas, las miradas solas, las manos aún inquietas. O sólo el recuerdo de esos hombres, ni aunque sombras. Pasando por el aire, colándose entre los chubascos del verano sin mojarse, pura neblina en noches invernales. Al otoño se muestran, dónde el viento arremolina hojas. Cuando pasan por el camino, a la vera se siente el mirar de sus mujeres antiguas. Los ojos cristalizados, embalsamados de lágrimas. Pero estos hombres no las perciben, las piensan a la puerta de sus casas, estáticas. Gira la noria de sus recuerdos de estampa antigua. Sólo sombras en la hora más clara del día, no se cansan de darle vueltas a las calles donde se les perdió la vida. Mudos,...

De las tormentas que me salvas

Conocí el futuro en las líneas de tus manos, que avanzan cada día milímetros imperceptibles, se hacen más claras, más fuertes, como surcos fértiles. Te descubrí a mirada de gitana, buscándole claves a las coincidencias más vagas. Y en estos días de tan dulces certezas, el pasado se diluye, se aleja, son largas las distancias por donde la memoria ya no navega; desembocan los ríos de la vida en el mar calmo de los olvidos. Me regalaste el olvido, a la luz de nuestra vida juntos, todo antes tiene colores insípidos, una tonalidad gris, como el polvo que se ocupa de las cosas que ya nadie toca. La bestia de la memoria reposa, en calma, con el estómago lleno de sensaciones nuevas, sin ansias, duerme el reposo amable de quienes finalmente tienen un dueño. Cierra los ojos sin temores. Pero esta noche el pasado se revuelve, busca la puerta, toca con la palma abierta sobre los vidrios de las ventanas. Parece que afuera llueve, parece que la noche grita los estruendos de sus historias, la l...

A Pedro

Ahora te deben estar enterrando. Hombre de agua, de aire, de fluir acompasado; te llevan a la tierra, te siembran con tus alas bien plegadas en la espalda, y afuera, a la distancia, tus amigos estaremos esperando a que renazcas, de la tierra a donde te llevan saldrán brotes de hierbas necias, de las que se aferran, echan raíces que se extienden por donde quiera, y van con sus tallos fuertes a seguir al sol, a los horizontes lejanos, a otros prados, hasta donde vayan las ganas de seguir que nunca te faltaron. A la primavera, florecerán los prados sobre tu cuerpo, fertilizarán las cenizas de tus recuerdos, flores discretas que sonríen al sol en las mañanas y cierran sus pétalos por las tardes para soñar que son rosas de mar, navegantes sin fronteras. Sabías sonreír, con los ojos entrecerrados, hablabas sin molestar al silencio, hacías apología de la tranquilidad. Hombre de cielos abiertos, no sabías estar en casa, con los ojos siempre buscando las ventanas, los horizontes, las nubes...

Acto de fe

Había fe. Eran tiempos de manos acaudaladas fluyendo, de ríos suavemente desbordados fertilizando laderas, amaneceres con olor de vida nueva, siempre nueva, retoños implacables abriéndose paso entre las ramas viejas, todo abono para esos tiempos futuros de promesas. Se florecía sin misterio, como un hábito simple, explosiones de colores llenaban los paisajes en primavera permanente. Eran tiempos inexistentes, en la memoria de las cosas sólo vagas lagunas quedan de esas desbordadas fuentes. Queda ahora el vestigio de la fe en la memoria, sus pobres sombras, los ecos de sus cantos. Ruinas, paraísos imaginarios para el visitante, grandezas de otros tiempos, todos tiempos pasados, todos pasados mejores, todos apenas recordados. Al amanecer, el olfato del visitante explora el aire seco, cierra los ojos y se imagina las humedades de esos tiempos, saborea el gusto de las flores, la búsqueda ciega de las raíces haciéndose grandes, la sensualidad de los líquenes azules, de los musgos suaves...

El pretexto de cumplir años

¿Y para qué cumplir años, qué sentido tiene seguir la agenda, el calendario cotidiano, avanzar por una línea sucesoria de días, semanas y meses? Cumplir con el tiempo es tan relativo como el tiempo mismo, tan imposible de delimitar, tan inconsistente como los granos de arena apresados en la clepsidra. Mejor cumplir con las promesas susurradas a la oscuridad de la noche para perder el miedo al sinsentido; cumplirle a los sueños la posibilidad de seguir ahí, a ojos abiertos por todo lo que dura el día, o la vida, si el sueño lo amerita. Mejor cumplir palabras, celebrarlas con pasteles dulcísimos, llenos de luces que se apagan para dejar brillar deseos y sonrisas; celebrar con palabras que no se miden por transcursos de días, que se valúan por su significado, por la melodía del viento al decirlas, por las sensaciones que despiertan sobre la piel de los que las escuchan cerquita del oído, como una caricia… palabras que sirven para cumplirle a la vida. Cumplir los años no es nada, pie...

Una raya más al tigre de la pintora

A Casandra Sabag Hillen Desolada, sin el tigre, la casa calla. Mustio silencio que reclama. No hay quien responda al recuerdo del eco de sus feroces andanzas, el tigre brincó por la ventana, por la promesa de sol de primavera, a la seducción de los olores de las tiernas presas. Cansado de sus vueltas por la estancia, de jugar a la criatura doméstica, de hacerse la manicura sobre los sillones de mimbre de la terraza. El tigre, al saltar, rompió los vidrios de la ventana, sobre el charco de esquirlas, se ha herido una pata. El tigre sangra. Sobre praderas o bosques o entre las selvas asfálticas, traza la ruta roja de sus pasos libres, con el polvo de los caminos cicatriza sus ansias. Por la casa, entra el viento desde la ventana quebrada. Huele a vidrio roto, a eco de estruendo, a sangre de tigre aun fluyendo. Pero debajo de todo eso, a pesar de los afanes del viento, se germina el inconfundible olor del silencio. Cuando no se escucha nada, la memoria busca, desesperada, con qué ll...