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Me llama el sur

Me llama el sur, con su sabor de mar en el aire, sus montañas de nubes bajas a las tardes; me llama el sur porque tengo los sueños anegados de hambres ancestrales, de ganas de calentarse, de cobijarse en sus bochornos insoportables de medio día, en sus dulces mañanas maduras de sol implacable. Me llama y llego a ojos cerrados, porque no es preciso ver nada con esos cantos de sirena que atraviesan montañas, se abren paso a lomo de aire, cabalgan. Voy al sur con ganas de nada, porque todo está dado ya en el viaje y la esperanza; sin espera, sin nada, todo a un tiempo, sobre la mesa puesta para nuestra ansia. Del sur se sirve el mundo grandes platadas, la historia está llena de los del norte que van al sur y se sacian, y luego vuelven con melancolías eternas a contarle a las generaciones que no saben nada de esos sabores perfumados, de guayabas maduras que llenan la mano entera, cómo es que eran esos tiempos en que se migraba al sur a hacer fortunas con la riqueza ajena. Voy al sur, pero ...

Fábulas de octubre II

Es la cosa de escribir las palabras, que se guardan, en la perpetuidad de lo que dure la página, en el tiempo inmaterial en que se quedan encapsuladas apenas han sido trazadas. Hoy las nuestras me han salido a salto de mata, sin aviso, como cuando antes aun estaban sobre papel las cartas y se guardaban entre los libros y al primer descuido caían a nuestros pies como pañuelos de doncellas enamoradas, esperando ser levantados con el cuidado del amor cubriendo nuestras manos ásperas. Así igual, los recovecos de los espacios electrónicos me han sacado una cronología de nuestros mensajes a la distancia, sin más, me encontré releyéndonos las ansias, el anhelo, la distancia. Encontré uno en donde decías que habías soñado con Baobabs porque se te habían metido mis palabras, “emisaria onírica del reino Baobab” me dices y me sacas esa inevitable sonrisa; entonces pensé en tus ojos, oscuros, misteriosos, y sobre ellos se reflejaban los sueños de Baobabs con que me fui a recorrer quién sabe qué lu...

Fábulas de octubre I

Es terrible que este otoño me huela a muerte, a descomposición incierta por los tejidos del alma. A los octubres de otros tiempos debo algunas de mis historias más dulces, de perfumados olores de fruta conservada; hoy tengo miedo de este octubre que comienza, que aun se niega a ser otoño del todo, que calienta de soles de primavera y se inunda de lluvias olvidadas por las manos del verano, tengo miedo de la forma en que los días de octubre van avanzando sobre mis propias manos, en la cuenta de lo inesperado, de ese amor inevitable, furtivo, animal de caza, acechando. Cualquier amor, no importa, a los octubres de mi vida han llegado incluso algunos de los más desafortunados, algunos en la ausencia de mares de distancia, otros en las vueltas continuas de lo que por haber comenzado nunca, tampoco nunca se acaba. Me enamoro en octubre, lo digo con pensar, me apenan las carcajadas que despierta en los escuchas una confesión tan descabellada. Pero lo digo con voz pesada, hinchada de piedras ...

Para ir a la mitad del mundo

A Casandra en sus nuevos pasos A la mitad del mundo, convergen todos los senderos, se hacen largas todas las vías hacia el lado que nos lleven nuestros deseos. Si doblamos por la mitad al mundo, se estarán encontrando en cada esquina sus extremos. Hemisférico, vale lo mismo al sur que al norte si nos paramos en el medio. Pero justo ahí, donde se comienza a buscar el ombligo de sus misterios, es que salen del mapa todas las perspectivas, todos los sueños que se van luego por donde venga bien el viento. Al medio, el mundo tiene una línea, que avanza por todo lo largo de su circunferencia, que no se cansa de perseguirse la cola como gato travieso que se gasta el día en seguirse a sí mismo como una sombra. El Ecuador hace tutú de bailarina en la cintura del mundo que gira la danza perpetua de la vida, de la noche y sus días, de los años y sus estaciones, que están ahí por más que se nos descompongan los climas. Hace gala de su equilibrio sobre puntillas, sostiene el aliento para que no nos...

Claroscuro

Tiempo I Soy un silencio colmado de anhelos, uno largo, lento. Uno que es este único por estarse siempre repitiendo. Son las ganas de esos otros tiempos, los que se fueron, los que no supieron llegar y los que se quedaron llorando en todos los umbrales de las puertas de cerrojos ciegos. Soy ese grito que no pudo ser escuchado desde las montañas del desaliento, a escaladas de enrarecido viento, de nubes que se pasan por los pies para que no sepamos si es que vamos al revés o ya no podremos bajarnos nunca de ese mentiroso cielo. Sin ángeles, sin luceros, sólo picos de montañas, que se nos desgranan a pasos cansados, como los campanarios que doblan a nuestros muertos. No cuenta que nos quedemos ambos viéndonos a los ojos, cegados ya desde hace tantos de esos otros tiempos, no sirven las imágenes de la memoria para contarnos las historias que suceden fuera de la oscuridad de nuestros desecados cuencos. La vida se sigue moviendo, nos inquieta ese sonido que tienen las luces claras de las ma...

De ríos crecida

Me levanto a escribir, antes del desayuno, con el estómago llamando con furia a la puerta de mis labios, ansioso de párrafos nuevos para devorarlos. Me levanto en silencio para que no salgan de mí las ideas de los sueños, y luego, en esta silla que es como un pequeño reducto de cardúmenes y algas, me sumerjo en el silencio absoluto de la palabra escrita, escrita para mi, para esos lectores que no existen en los ojos ajenos, que tienen sueño de seguir líneas tan apretadas, que se arrullan en el inevitable ritmo de las palabras persiguiéndose unas a otras. Me levanto a escribir porque sin ello no hay sentido, se atrofian las manos de tejedora sin los hilos para hacer redes y atrapar las historias, se quedan vacías las palmas sin esa sucesión de sonidos que hacemos sobre las páginas. Me condeno a la perpetuidad de la palabra, a seguirla a ojos cerrados, en momentos de ira o en el remanso de la calma; me condeno porque no hay remedio ante la necesidad de seguir, hasta el agotamiento, la es...

Asiento verde de mar (o la silla del escriba)

Está pintando su silla el escriba. Su sitio en el mundo, la esquina donde se abandona para volverse palabras. Estaba desteñida, destinada a un infausto ocre, hecha en tono artificial de caramelo desabrido. El escriba se ponía triste de mirar ese triángulo de color indefinible entre sus piernas al estar buscando por el piso las palabras que del cielo no le llegaban. Hoy, en el letargo de las páginas que no avanzan, tomó coraje, se enfundó las manos en mínimas protecciones y, pincel en mano, con las rodillas al piso en gesto de oración y plegaria, se fue sobre la silla con el coraje con el que hubiera querido ir sobre las páginas durante toda la infructuosa mañana. La gatita, desde su rincón de dormir cerca de la ventana, mira al escriba sobre la silla, en el silencio de las palabras; con su mirada escéptica de gata de siete vidas, de ojos amarillos de miel, a veces reverdecidos de malvada astucia. Al escriba le parece que se ríe la gatita, con esa risa de los gatos que no suena a nada, ...