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Amanece tarde

Entonces sucede que te levantas con los ojos de un color distinto; de profundidades oceánicas, insondables. Te miras adentro y te detienes en el suave silencio de tus sueños. Cierras los ojos. Con las palmas hacia el cuerpo, acaricias el amor reciente en tus dedos; un calor tan largo como tus brazos y tus piernas que se extienden, que se recorren con la memoria del tacto ajeno. Los brazos como almohada. Sujeto al compromiso por las sortijas de su pelo. Caricias lentas. Sueños. Luego… La mirada del otro para contarte tus propios secretos; para mostrarte lo que no notas de tu cuerpo, en el disfrute y el andar diario hay cosas que se te van descubriendo: sonrisas lejanas de tus primeros recuerdos. Y la tarde transcurre con los sonidos de estos tiempos, historias perpetuas de seducción y deseo. Pájaros y hombres sin dueño despiden al sol, ellos mismos se van extinguiendo.

Quinteto de líneas, silencio sostenido y romanza

Va, viene, sube, avanza… Pierde entre sus sueños las distancias Con auroras desteñidas cubre su espalda Y de sus manos sin líneas Brillan, ausentes, las estrellas claras Ya no se calla, hace tiempo que canta Con los ojos puestos en la vereda enmarañada Musita versos de antigüedad insospechada La mirada no le basta para tanto pasado Tanta historia, tanta nada Qué silencio se extiende entonces Entre la noche y sus palabras Una nota perdida en la partitura de esta danza Traspié, caída con vértigo anunciada Y ese suelo helado que recibe quebrada a la esperanza Toma sus manos, calienta el aliento en la garganta Al fin se calla, la mirada anegada Con esa agua de sal de la distancia La despedida que no basta Y la ausencia, superficie vidriada, cortina de agua Pasos en el aire, el bailarín ensaya En la memoria sin telones, descalza Se agita su aliento a pesar de la quietud Que no levanta su figura de sombra alargada Viene, se va, se detiene al umbral de nuestra mirada.

Canción de silencio para noches despiertas

Montada en la estrella, La nube que vuela Ilumina y contiene Misterios de nieve De noches con brillo Oscuros recuerdos Le quedan al grillo De cantos austeros La lluvia se enfría Congela los huesos De gente sombría, Carencia de besos Cubierta en la sombra La niña que mira Se calla y se asombra Pensando en la ira Qué ojos los suyos Carentes de vida Apenas murmullos De una luz muy fría Pequeña despierta No abras la puerta Que el mundo no es cielo no hay aire para nuestro vuelo.

Canto de Penélope en desvelo

Te devuelvo tus palabras Hechas fragmentos Los labios rotos El silencio austero Te devuelvo los sueños Compartidos y sinceros Míseros retratos De ese otro tiempo Te pongo en tus manos La historia que fueron Caricias inquietas Sobre mi tibio cuerpo Te debo todas esas páginas Con que nos cubrimos Del frío invierno Abrazo a penas, etéreo Consumidas por el fuego De un simple sueño Que fuimos Al estarnos siempre despidiendo Te entrego los recuerdos Que se han quedado En los rincones De los lugares nuestros Te pienso, parado al umbral De este extraño cuento Sin un final Para volver al comienzo Aun te siento, imposible Decir que no es cierto Lágrimas de sal Miras inquieto La forma en que me voy Haciendo oquedad Vacío silencio Pero te sonrío, te miento Para que te hagas ausencia Pasado que anhelo Hay que olvidar Letra a letra, te destejo Te acaricio, uno tus labios Ya no con mis besos Sólo con palabras Que nos miran de lejos Te encuentro a toda hora Oculto entre líneas De la lectura De cada ri...

El sueño de Teófilo Anselmo

I La mitad de mi vida la he vivido en sueños. Dejó caer estas palabras pesadamente sobre la mesa, sabía que a todo esto vendría una confesión, que de algo valdría caminar por las calles empedradas de este pequeño pueblo escuchando sólo su aliento, casi visible por el frío que rodea estos cerros en las mañanas de noviembre. Subimos en completo silencio, no era difícil adivinar que en su mente se venía preparando una confesión, no había ni siquiera un gran aire de misterio, en realidad todo sucedía con cierta naturalidad, como en esos pasajes de la vida para los que hemos estado preparados siempre, sin saberlo del todo. Estaba delante de mi con la frente aún húmeda del esfuerzo de las subidas, de los resbalones de las suelas gastadas de sus zapatos de cordones por entre las piedras –a veces es una maldición caminar por un empedrado después del rocío, sentimos muy bien el titubeo de las rodillas cuando el pie no encuentra un asidero firme, es una forma de ver lo pequeños que somos en este...

Pacto

De nuevo está esa mirada, de hilos transparentes que quieren detenerme en el umbral de la recámara, que buscan de nuevo mis labios, mis senos oprimidos por el deseo de sus manos, mi piel aún húmeda de sus abrazos. Me doy la vuelta y sé que me sigue mirando, con esos ojos suplicantes que no logran hacerse palabra nunca, que en el amor parecen estar tan seguros, tan ciertos de este pacto nuestro, pero a penas suenan las horas se descompone su aliento, se sienten húerfanos en sus órbitas secas. Un día le dije que deberíamos llorar en cada despedida, como si con ello pudieramos limpiar la culpa de nuestras mutuas huídas; llorar como si fuera el fin del mundo, como si él se fuera al Congo a morir de malaria, o como si yo me fuera a un claustro de silencio, a la guerra final, total, absoluta, cómo si me fuera a cambiar de nombre para entregarme a la mafia y matar por un sueldo y entonces tratara de olvidarlo en cada cuarto de hotel en que fuera a guardar mis recuerdos. Pero no hay más que es...

Abismos nuestros

Ir a sí mismo, agazaparse en sus propios misterios, perderse en la dulce melodía de los besos que sólo uno sabe ponerse sobre el cuerpo y, al final, hallarse en silencio, sin saber qué decir, sin un misterio. Es entonces cuando llega el miedo, por el abismo que se nos muestra dentro, a un paso nuestro, si estiramos la mano, podemos sentir la furia, el entierro. Nihilismo, incertidumbre, nausea, vacío, ausencia, muerte, todo ello está en nuestras entrañas, se cultiva con los jugos de nuestro cuerpo, crece despacio hasta invadir las tapias de silencio.