domingo, 31 de enero de 2016

Estado del tiempo III: Tormenta de nieve.



Hace días que llegó la nieve, primero una noche suave, de copos mínimos, dispersos, una noche de fiesta para los que esperábamos que llegara como la anunciación de que en verdad estamos tan al norte que lo que baja del cielo se congela. Luego de esa noche comenzaron los rumores de la gran tormenta, los noticieros con sus imágenes de mapas térmicos, Nostradamus de nuestra era, y la gente en la calle con temor en las voces decían que llegaba, que era enorme, la más grande dicen, que duraría días, de oscuridad blanca, apocalíptica.
La noche antes de la tormenta había filas fuera de las tiendas, se aprovisionaban todos, urgían las compras, para la noche, fría y ventosa pero aun sin nieve a la vista, ya se había agotado el agua en el barrio, iba la gente por las calles con sus carritos de la compra llenos de galones de agua comprados quién sabe dónde. Al final conseguimos un par de botellas grandes en la tienda que abre toda la noche en nuestra calle, dos por 5 dólares, el sobreprecio del pánico, el módico impuesto de la emergencia.
Las calles comenzaron a vaciarse desde esa noche, y la nieve llegó vertical, silenciosa, como una lluvia fantasma, cubriéndolo todo con su sábana blanca, desde el piso 28 se veían las calles estrechándose, restringidas cada vez más por sus márgenes nevados. Para el medio día ya se había instalado el viento con desplantes de tormenta, las ráfagas heladas como latigazos sobre el lomo de las bestias que llevan el trineo del invierno. Rugía ese viento, se hacía remolino en los ángulos del balcón, como un animal ciego atrapado entre muros intangibles.
El invierno llegaba a reclamar sus tierras, a hacerle frente al veraneo absurdo que había teñido de tropicalidad las navidades, a arrancarle las faldas cortas a las muchachas migrantes, con su aliento polar diciéndoles cosas heladas al oído. Silbaba ese viento la melodía solemne de las conquistas sobre las copas de los rascacielos, avisaba la entrada triunfal del general invierno. Por las orillas de nuestra ventana, imperceptibles hasta que se fueron acumulando en el dintel, se colaban los copos más pequeños como las astillas de cristal que hacen brillar la superficie en donde hubo un vaso roto. La fuerza del viento empujaba la tormenta dentro de la recámara, resquebrajando los cimientos de nuestra muralla de calefacción, obligándonos al abrigo adentro de la casa.
Toda la tarde pensamos que la tormenta se instalaría por días, dejaron de circular los automóviles y sólo las sirenas de los vehículos de emergencia cantaban en las profundidades del océano de niebla. Se suspendieron también los trenes, y la gran ciudad parecía dormida, atrincherada detrás de sus ventanas de doble vidrio y sus muros aislantes. Pero a pie de calle, en nuestro barrio de migrantes, bajo la tormenta la gente hacia la fiesta del asueto sorpresa, las familias forradas de chamarras y botas de hule resbalaban por las calles, los niños amasaban sus proyectiles, algunos con el cuidado del artesano, otros sólo tomaban a puños la nieve y la hacían volar por el aire contra todos los que pasaban, enemigos reales o imaginarios, mientras, en una calle vecina, un grupo de hombres se lanzaba, de extremo a extremo, el balón de americano, se tacleaban contra las montañas de nieve en que se iban convirtiendo ya los coches, sus chamarras cada vez más nevadas, sus movimientos torpes; ahí estaban los hombres de las nieves, blancos y borrosos, luchando contra la tormenta con gritos guturales, ebrios de catástrofe pequeña, festejando a gruñidos la breve libertad doméstica.

sábado, 2 de enero de 2016

Estado del tiempo: Navidad en verano




La mañana de Noche Buena tuvo un sol suave desde temprano, y el aire vaporoso con el que comienzan los días de verano; desde la altura de nuestro balcón, a ojo de pájaro, las calles estaban llenas de gente sin abrigos, extraño, atípico, como los presagios de las catástrofes, como la dulce calma de las playas antes de que llegue la gran ola; para el medio día, navegábamos a 18°, premonición del trópico que asciende y colma el mundo entero con sus fiebres. Hubiera esperado la nieve, la navidad blanca del norte con alientos glaciares, pero no fue así, Nueva York nos ha dado la navidad más cálida de su historia.
Y a la noche, la luna llena iluminando nuestro paseo de falso verano por el Parque Central, con esa luz blanca que diluye los objetos con sus sombras, confunde quietud con movimiento, como si los árboles del bosque ficticio de esta ciudad pudieran seguirnos los pasos por un trecho, y luego aburrirse de nuestra charla de asombros predecibles. En el subterráneo la gente respiraba el sopor del calentamiento global, cargados con las bolsas de las compras navideñas, la bandera triunfal del bonito consumismo de temporada, la pobre gente de esta ciudad no sabe qué pasa con el invierno.
De unos días para acá sólo se habla de la nieve, como de los fantasmas recientes que aún flotan sobre nuestra memoria aunque ya no están. La nieve como la confirmación de que es posible la normalidad. Pero ha pasado la Noche Buena, y el día de Navidad los periódicos hacían festín con la nota del calor, uno con letras grandes hablaba del “Saunaclos”; ahora el año nuevo despunta con temperaturas que quieren alcanzar el cero pero no lo logran, y de nieve sólo hemos tenido una llovizna de hielo hace algunas tardes, una mezcla de granizada y ventisca, como un hijo mestizo del trópico que migra, seduce al norte y lo conquista.

martes, 22 de diciembre de 2015

Estado del tiempo I: solsticio de invierno



La niebla densa humedece las cosas sobre la ciudad, reposa sobre los techos. La noche más larga del año estira sus brazos sobre un día sin sol. Hoy es invierno ya, aunque no tan frío como dicen que será, aún se puede salir unos minutos al balcón del piso veintiocho sin zapatos, a escuchar la ciudad desde arriba, y luego correr adentro, a la esquina del calentador en el cuarto a recuperar las sensaciones en los dedos helados. El invierno del norte, tan lejos de los trópicos, casi a la orilla del abismo blanco del polo. Así el cielo hoy, empantanado de nubes, un inmenso blanco que lastima los ojos, con un sol atrás que no se asoma, pero ilumina todo.

Los autos van con las luces prendidas a las diez de la mañana, reflejan su prisa sobre la calle mojada, amanece de noche esta ciudad que dicen que no duerme, aunque a mí me parezca siempre medio adormilada, medio onírica, moviéndose de esa forma extraña en que las cosas levitan en los sueños, avanzan sin tocar el suelo. La gente en los cruceros resiste a la lluvia, al viento, aguantan que el semáforo cambie y se van empujando unos a otros en largas filas de gente que habla a gritos por sus manos-libres, como si hablara sola. Y también van ahí los que de verdad hablan solos, los que imprecan a dios, los que bromean con sus diablos, esos que ya van perdiendo un poco la razón. Los desquiciados de una ciudad fuera de sí, al borde de sí misma.

Venimos al norte a vivir el invierno, a dejarnos los ojos enceguecidos en su viento, a resecarnos los labios de palabras congeladas por el rigor del termómetro que va cayendo. Cada mañana espero la nieve, siento el aire de la recámara al despertar y me imagino que afuera ya debe estar todo blanco, me imagino las cordilleras de nieve que se levantarán sobre el barandal del balcón, escarpadas como unos Alpes diminutos para llevar a esquiar a las puntas de los dedos; pero hasta ahora sólo la humedad de la niebla deja su huella discreta, todo empapado como si lloviera, sólo sin el escándalo de las gotas que caen y se estrellan, todo en calma, con paciencia, la nube que llega, toca el edificio con todo su cuerpo y lo llena de sí: blanquecino, húmedo, rascando los cielos.

domingo, 28 de junio de 2015

Memorial

Debía escucharse sólo el silencio, cuando pasaban ellos, con los pies sin tocar el suelo.
Un ritmo quieto, su transcurrir por los sueños.
En esas horas lentas en que los niños juegan a solas y los padres hacen la siesta.
Andaban por sus ciudades como en otras épocas.

Los hombres de las guerras, con sus heridas siempre abiertas, las miradas solas, las manos aún inquietas.
O sólo el recuerdo de esos hombres, ni aunque sombras.
Pasando por el aire, colándose entre los chubascos del verano sin mojarse, pura neblina en noches invernales.
Al otoño se muestran, dónde el viento arremolina hojas.

Cuando pasan por el camino, a la vera se siente el mirar de sus mujeres antiguas.
Los ojos cristalizados, embalsamados de lágrimas.
Pero estos hombres no las perciben, las piensan a la puerta de sus casas, estáticas.
Gira la noria de sus recuerdos de estampa antigua.

Sólo sombras en la hora más clara del día, no se cansan de darle vueltas a las calles donde se les perdió la vida.
Mudos, los labios zurcidos con las palabras no dichas.
Pasan a la hora de la siesta, por una calle que fue la suya, con el cuerpo cansado de no parar todavía nunca.
Se detienen a ver el juego de los niños, se reconfortan.

jueves, 26 de marzo de 2015

De las tormentas que me salvas



Conocí el futuro en las líneas de tus manos, que avanzan cada día milímetros imperceptibles, se hacen más claras, más fuertes, como surcos fértiles. Te descubrí a mirada de gitana, buscándole claves a las coincidencias más vagas. Y en estos días de tan dulces certezas, el pasado se diluye, se aleja, son largas las distancias por donde la memoria ya no navega; desembocan los ríos de la vida en el mar calmo de los olvidos.

Me regalaste el olvido, a la luz de nuestra vida juntos, todo antes tiene colores insípidos, una tonalidad gris, como el polvo que se ocupa de las cosas que ya nadie toca. La bestia de la memoria reposa, en calma, con el estómago lleno de sensaciones nuevas, sin ansias, duerme el reposo amable de quienes finalmente tienen un dueño. Cierra los ojos sin temores.

Pero esta noche el pasado se revuelve, busca la puerta, toca con la palma abierta sobre los vidrios de las ventanas. Parece que afuera llueve, parece que la noche grita los estruendos de sus historias, la lluvia baja por los cristales como surcando el rostro de los tristes, de los hombres que se transparentan de penas al lloverse. Sé que está fría, que duele sobre el cuerpo cada gota helada de esta agua, conozco bien los aguaceros sin sentido, sorpresivos, fuera de temporada; sé que ahí, a la distancia de casi nada, el mundo es un cataclismo.

Desde la altura del tercer piso se puede escuchar cómo la tormenta avanza, cómo salen los ríos subterráneos por las alcantarillas hartas, comienza ese fluir bravo de la ciudad que se hace agua. Nos rodean las corrientes, suben las mareas y todo se mece bajo el oleaje oscuro de esta noche que de pasados se duele. Recuerdo las soledades, los hastíos, el sufrir constante de los corazones endurecidos, recuerdo las despedidas, pienso en los nombres, en las sonrisas, pienso que puedo recordarlos todos, también a los muertos, a los olvidados, a los que les debo tanto.

Con la lluvia de la noche me renace la memoria, se fecundan brutalmente las riberas del pasado con este insomnio monzónico, me agito, me revuelvo entre las sábanas, y entonces surges de entre la noche, me acercas al calor de tu abrazo, y se abre el cielo sobre nuestra cama, con todas sus estrellas claras. Llueve ya sólo a la distancia, lejos, en otro mundo que no es el nuestro, sobre personas que no existen más, que de tanta ausencia finalmente desaparecieron.

Tu respiración de sol va y viene sobre mi espalda, me recuerda que amanece pronto, que la noche no es nada, se cura cada mañana. Llega el silencio, está por todos lados, se acumula sobre mis párpados que se van poniendo pesados, al compás de tu respiración pausada todos se callan. Presiento el sueño, lo disfruto anticipadamente, me imagino que ya ha llegado y hace su recorrido por toda la casa, pienso que estoy durmiendo y, entonces, la madrugada se llena de los primeros pájaros que cantan.

miércoles, 28 de enero de 2015

A Pedro




Ahora te deben estar enterrando. Hombre de agua, de aire, de fluir acompasado; te llevan a la tierra, te siembran con tus alas bien plegadas en la espalda, y afuera, a la distancia, tus amigos estaremos esperando a que renazcas, de la tierra a donde te llevan saldrán brotes de hierbas necias, de las que se aferran, echan raíces que se extienden por donde quiera, y van con sus tallos fuertes a seguir al sol, a los horizontes lejanos, a otros prados, hasta donde vayan las ganas de seguir que nunca te faltaron. A la primavera, florecerán los prados sobre tu cuerpo, fertilizarán las cenizas de tus recuerdos, flores discretas que sonríen al sol en las mañanas y cierran sus pétalos por las tardes para soñar que son rosas de mar, navegantes sin fronteras.

Sabías sonreír, con los ojos entrecerrados, hablabas sin molestar al silencio, hacías apología de la tranquilidad. Hombre de cielos abiertos, no sabías estar en casa, con los ojos siempre buscando las ventanas, los horizontes, las nubes que arrastra el viento del sur para abandonarlas ancladas en la montaña. Mirábamos juntos la montaña, inventábamos rutas imposibles para escalarla, luego, cuando subíamos, con la respiración agitada, silbando en los oídos como si el viento se nos hubiera metido a darnos tumbos por el cuerpo. Nada como llegar a arriba, y mirar la costa con ojos de gaviota, allá lejos, con sus pescadores diminutos trajinando sobre cubierta.

Sabíamos entendernos, en un mundo de acentos extraños, de lenguas que gritan con sus silencios. Nos contábamos nuestras historias, lejanas, ancladas en los extremos del mapa. Nos entendíamos fácil, hablábamos del desarraigo, del abandono, de la libertad, sin los prejuicios de siempre, sin los espantos con que los otros nos interpretaban. Recuerdo el hombre del bar que nos dijo una vez que nosotros sí sabíamos ser libres, nos lo gritó en la cara, como un insulto, como el reproche de generaciones de hombres retenidos por la tierra, petrificados, acumulándose como montañas quietas. Un hombre blanco, enrojecido por un sol que no lo acepta, hinchado de alcohol y de miseria.

Cómo nos reímos saliendo del bar –Somos bien pinches libres, jodidamente libres- te gritaba yo entre risas, y tú me respondías a carcajadas que sí, que éramos unos criminales de la libertad, confesamos nuestro crímenes a la noche del Cabo, caminando bajo ese frío de mar austral. Agradecí cada vez que nos encontramos, cada charla con tu español sevillano y mi desparpajo chilango. Ahora que lo pienso nunca supimos despedirnos, las últimas veces que nos encontramos fueron siempre una promesa de hacer coincidir los caminos, yo encantada con el mar del sur en Muizemberg cuando tú te volvías más al norte a Mdumbi; luego yo hacia el norte por el Transkei haciendo escala en Mthatha donde nos vimos para un abrazo polvoso de viajeros que sólo pasan. Órbitas aleatorias que se cruzaban por el Cabo de nuevo, en las noches de fiesta en Obz, en el Town de las madrugadas. Después los mensajes a la distancias, nos mandábamos coordenadas. Hace algunas semanas aún me tentabas con el Amazonas, me decías que el sur siempre me llama, que nos tocaba este lado del mundo, que por allá también hay montañas que esperan ser escaladas.

Y ahora te estarán enterrando, seguramente, pensando que así te quedas en algún lado, que sabremos donde encontrarte ya siempre. Pero algunos sabemos que en realidad sólo estás esperando esa primavera en que las hierbas de tu prado florezcan para esconderte entre el polen y las esporas, y elevarte para ver la tierra desde lejos nuevamente, con tus ojos de gaviota. Ahí te irás entonces, ligero de equipaje, a navegar los aires. Todos los navegantes alguna vez naufragan, pero no mueren nunca las memorias de sus andanzas. No me despido Pedro, porque has escogido las coordenadas definitivas, el encuentro en donde no te fallo, ahí espérame que a ese viaje vamos pronto, la vida es un suspiro, mañana mismo nos encontramos.

miércoles, 28 de mayo de 2014

Acto de fe



Había fe. Eran tiempos de manos acaudaladas fluyendo, de ríos suavemente desbordados fertilizando laderas, amaneceres con olor de vida nueva, siempre nueva, retoños implacables abriéndose paso entre las ramas viejas, todo abono para esos tiempos futuros de promesas. Se florecía sin misterio, como un hábito simple, explosiones de colores llenaban los paisajes en primavera permanente. Eran tiempos inexistentes, en la memoria de las cosas sólo vagas lagunas quedan de esas desbordadas fuentes.

Queda ahora el vestigio de la fe en la memoria, sus pobres sombras, los ecos de sus cantos. Ruinas, paraísos imaginarios para el visitante, grandezas de otros tiempos, todos tiempos pasados, todos pasados mejores, todos apenas recordados. Al amanecer, el olfato del visitante explora el aire seco, cierra los ojos y se imagina las humedades de esos tiempos, saborea el gusto de las flores, la búsqueda ciega de las raíces haciéndose grandes, la sensualidad de los líquenes azules, de los musgos suaves; el visitante respira despacio el polvo inerte, los minúsculos fragmentos de ruina se acumulan en sus fosas nasales, arriesgan la pulcritud de sus pulmones.

Pura nostalgia, un mundo en ruinas. Sólo silencio, un pasado que quizá ni se imagina. Abre los ojos, el visitante ante el páramo reseco intenta descifrar las cuencas de esos ríos, los troncos firmes a sus orillas, el capricho de caídas de cascadas niñas. El agua, el agua fresca, bendita, beso de la tierra que, dicen, hace la vida. El agua como un sueño imposible, inimaginable de tan perdida. Dicen que aquí todo era agua, era todo ondular de vida; semillas que se abren, hojas que caen y fertilizan, hablan de la lluvia como un río fragmentado en vertical, perlas de agua, caricias sobre las mejillas.

Comulgaban los hombres bajo esa lluvia bendita, sabían de la fe, creían. A ojos cerrados es fácil pensar en el orden inalterable de las cosas, en la perpetuidad de manos generosas. Tiempos fáciles para la fe esos entonces, cuando todo fruto caía a la mano, maduro. Ante el visitante de las ruinas no quedan más altares de comunión, el páramo es vasto, un todo absoluto de polvo fino, de peñascos desperdigados, sin más caminos. Grietas, breves vestigios.

En sus ojos apretados, en su imaginación que se aferra a esos tiempos desconocidos, en su respirar que a cada inhalación se contamina, ahí habita sólo la tristeza, la añoranza de esa realidad perdida; pero exhala su aliento, porciones de humedad de su propio cuerpo, bajan a la tierra, despiertan la memoria de agua, y entonces germina el sueño. Nace una nueva comunión en el milagro de creer en lo imposible, y el mito del agua brota de la piedra, se presienten sus rumores con la sequedad que anhela. El visitante comulga por vez primera, sin haber visto nunca a su dios, con sed eterna, con el fervor de la fe verdadera, la que cree sin ninguna prueba, que ahí, en algún lado bajo toda esa tierra seca, hay una fuente que dormita, que espera.

Arrodillado bajo el sol, en el templo abierto del olvido, el visitante en paroxismo escava a manos limpias, sus palmas vacías se llenan de los despojos, sus dedos se desgarran, entrega sus falanges a las trituradoras entrañas del suelo endurecido. Maldice al pasado, a los apologistas de lo inagotable, le reprocha al cielo sin nubes la condena de la esterilidad de su presente, le reclama el no futuro, le lanza puñados de tierra que vuelven sobre su cabeza como meteoritos hirvientes.

Se quiebra, arrodillado, la cabeza sobre los brazos, los labios a ras de suelo, la sensación de sal en la lengua, el gusto amargo de la miseria. Postrado entonces, un destello pasa por sus párpados cerrados, y un crujir lejano, como de ese otro tiempo, le cimbra el cuerpo desde el estómago, y en torbellino se desata el nudo de su garganta, siente sobre el dorso de sus manos las gotas de la primer lluvia de su vida: de sus ojos en llanto fluye finalmente el manantial de los mitos de fe de sus antepasados. Sucede el milagro.

Seguidores